viernes, 28 de marzo de 2014

50 películas que cambiaron al Cine (1 parte de 10)

Acompáñenme en esta selección personal de las cintas que dejaron una marca indeleble en la historia del cine, para bien o para mal. Como todo listado tiene su polémica y les aseguro que habrá algunas sorpresas:


No.50 Le Voyage dans la Lune (El Viaje a la Luna, 1902) de Georges Méliès.

Cuando las personas apenas se estaban acostumbrando a las “vistas”, un director de teatro y prestidigitador se le ocurrió que al filmar a una persona, luego una explosión de humo, luego filmar el lugar vacío y finalmente cortar y pegar correctamente la escena lograría una desaparición así como el efecto contrario. Habían nacido los efectos especiales y las narraciones ficticias (incluyendo el género de la ciencia ficción).
Por cierto, Georges Méliès es el sabio que habla a los científicos.



No. 49 Броненосец Потемкин, o Bronenósets Potyomkin (El Acorazado Potemkin, 1928) de Sergéi Mijailovich Eisenstein.

Eisenstein descubrió el poder dramático de los encuadres en ángulos inclinados y lo más importante: en la edición al prolongar los momentos como en la ya clásica secuencia de la escalinata de Odesa, muchas veces repetida.




No. 48 Un chien andalou (Un perro andaluz, 1929) de Luis Buñuel.

Practicamente un manifiesto surrealista. Luis Buñuel dejó atónita a su audiencia desde el primer fotograma. Los efectos especiales servían para traer el mundo de los sueños a la realidad de la lente. La coherencia en la narración pasa a segundo término con lo que empiezan nuevas formas de cine que apelan más a la impresión emocional que causaba en el espectador con un discurso casi poético. Parece que el cine no tenía límites.



No. 47 Animal Crackers (Galletas de Animalitos, 1930) de Victor Heerman.

Llegan Groucho, Chico, Harpo y Zeppo: Los hermanos Marx en un film loco, ilógico y desternillante. Atrás quedaron Max Linder, Charlie Chaplin y Harold Lloyd. Además del gag, hay que estar listo a los diálogos. Su equivalente infantil (y practicamente sus padres) serían nada menos que los Looney Tunes.




No. 46 Hell’s Angels (Los Ángeles del Infierno, 1930) de Howard Hughes.

Un capricho de su director, un junior multimillonario con desorden de obsesión compulsiva que enloquecía por aviones y chicas con busto atractivo. Costó 4 millones de dólares: primera mega-producción y casi primer mega-churro de no ganar el doble de su inversión.





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