miércoles, 7 de mayo de 2014

Palomazo Cine Piojito presenta: Obediencia Perfecta (2014) de Luis Urquiza... o dejad que los niños vengan a mí.


Una verdad incómoda, contundente y directo a la yugular. La ópera prima del otrora productor Luis Urquiza inicia con una clara referencia a “ya saben quien” (y para no caer en la cautela de la misma película sustitúyase por “Maciel y los Legionarios de Cristo”) pero su historia va más allá y podría ocurrir durante cualquier tiempo, en cualquier país y bajo cualquier religión.

Como historia en el género de “Iniciación”  se agregaría al grupo de cintas que irían desde Apt Pupil (1998) de Bryan Singer o hasta The Reader del 2008,  ya que Obediencia Perfecta plantea el dilema del personaje infantil desde un debate dialéctico sobre los límites de la inocencia y su proceso de corrupción como requisito para dejar la infancia. No hay que perder de vista que su tema es la pederastia. Pero es el pantanoso tema añadido de la religión el que le emparenta más con cintas como La Mala Educación de Pedro Almodóvar del 2004 y que la pondrá en la escabrosa balanza entre la validez artística y el debate de moral. A algunos les parecerá risible (nerviosamente) mientras que otros la tendrán por condenable. Seguro que no dejará medias tintas en la opinión de nadie.

El chico un poco perdido en la edad en que es más fácilmente impresionable, debe verse seducido por el carisma de un líder y éste personaje quedó a cargo de un Juan Manuel Bernal muy recordable y que no sería apresurado ni descabellado pensar en una mención al Ariel, con su sufrimiento a la Gustav von Aschenbach de Morte a Venezia (1971). Pero además se ve muy bien respaldado por un cuadro de actores del cual Juan Ignacio Aranda roba cuadro en un papel que podía prestarse a la exageración pero al cual logra sacarle buen partido, contrario a Luis Ernesto Franco cuyo personaje podía haber sido el contrapeso en la historia del personaje principal pero que se pierde tras el primer acto, dejando su participación como intrascendente para la trama. Es claro desde la llegada del chico al internado que frente a él tiene a una gavilla de inadaptados que secundarán en sus bajezas a su descarriado capo.


Cuestionando a quién le confiamos nuestros hijos, el filme abunda en el discurso de la influencia que ejerce “el opio del pueblo”, como le llamaba Carlos Marx a la religión, dentro del fuero interno y social. La fe como llave de control. El proceso de dominio, de despojo de la libertad, se va cumpliendo a carta cabal según van anunciando los títulos que marcan los apartados en la cinta, la cual se suma a la tradición anticlerical que viene desde los tiempos de la llegada de Luis Buñuel al cine mexicano. De allí las referencias que van desde Los Olvidados de 1950 y El Ángel Exterminador de 1962 hasta llegar a El Crímen del Padre Amaro (2002) de Carlos Carrera. Obediencia Perfecta, a veces tendenciosa, a veces “sacándole al parche”, se suma a la lista con buenas calificaciones: el director la pensó fuera de la caja imperante en el actual esquema de producción y sus valores creativos están bien cimentados: desde la fotografía de Serguei Saldívar Tanaka, la producción de Joaquín de la Riva, Josefina Echeverría y Diego Suárez Groult hasta la parte auditiva a cargo de Alejandro Giacomán y Herminio Gutiérrez tienen tan buena calidad que da la sensación de estar viendo una cinta extranjera. Lamentablemente, la historia escrita por Ernesto Alcocer puede seguir pasando ahora mismo y en cualquier lugar.

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