Una verdad
incómoda, contundente y directo a la yugular. La ópera prima del otrora
productor Luis Urquiza inicia con una clara referencia a “ya saben quien” (y para
no caer en la cautela de la misma película sustitúyase por “Maciel y los
Legionarios de Cristo”) pero su historia va más allá y podría ocurrir durante
cualquier tiempo, en cualquier país y bajo cualquier religión.
Como historia en el
género de “Iniciación” se agregaría al
grupo de cintas que irían desde Apt Pupil (1998) de Bryan Singer o hasta The
Reader del 2008, ya que Obediencia Perfecta
plantea el dilema del personaje infantil desde un debate dialéctico sobre los
límites de la inocencia y su proceso de corrupción como requisito para dejar la
infancia. No hay que perder de vista que su tema es la pederastia. Pero es el
pantanoso tema añadido de la religión el que le emparenta más con cintas como
La Mala Educación de Pedro Almodóvar del 2004 y que la pondrá en la escabrosa
balanza entre la validez artística y el debate de moral. A algunos les parecerá
risible (nerviosamente) mientras que otros la tendrán por condenable. Seguro
que no dejará medias tintas en la opinión de nadie.
El chico un poco
perdido en la edad en que es más fácilmente impresionable, debe verse seducido
por el carisma de un líder y éste personaje quedó a cargo de un Juan Manuel
Bernal muy recordable y que no sería apresurado ni descabellado pensar en una
mención al Ariel, con su sufrimiento a la Gustav von Aschenbach de Morte a
Venezia (1971). Pero además se ve muy bien respaldado por un cuadro de actores
del cual Juan Ignacio Aranda roba cuadro en un papel que podía prestarse a la
exageración pero al cual logra sacarle buen partido, contrario a Luis Ernesto
Franco cuyo personaje podía haber sido el contrapeso en la historia del
personaje principal pero que se pierde tras el primer acto, dejando su participación
como intrascendente para la trama. Es claro desde la llegada del chico al
internado que frente a él tiene a una gavilla de inadaptados que secundarán en
sus bajezas a su descarriado capo.
Cuestionando a
quién le confiamos nuestros hijos, el filme abunda en el discurso de la
influencia que ejerce “el opio del pueblo”, como le llamaba Carlos Marx a la
religión, dentro del fuero interno y social. La fe como llave de control. El
proceso de dominio, de despojo de la libertad, se va cumpliendo a carta cabal
según van anunciando los títulos que marcan los apartados en la cinta, la cual
se suma a la tradición anticlerical que viene desde los tiempos de la llegada
de Luis Buñuel al cine mexicano. De allí las referencias que van desde Los
Olvidados de 1950 y El Ángel Exterminador de 1962 hasta llegar a El Crímen del
Padre Amaro (2002) de Carlos Carrera. Obediencia Perfecta, a veces tendenciosa,
a veces “sacándole al parche”, se suma a la lista con buenas calificaciones: el
director la pensó fuera de la caja imperante en el actual esquema de producción
y sus valores creativos están bien cimentados: desde la fotografía de Serguei
Saldívar Tanaka, la producción de Joaquín de la Riva, Josefina Echeverría y
Diego Suárez Groult hasta la parte auditiva a cargo de Alejandro Giacomán y
Herminio Gutiérrez tienen tan buena calidad que da la sensación de estar viendo
una cinta extranjera. Lamentablemente, la historia escrita por Ernesto Alcocer puede
seguir pasando ahora mismo y en cualquier lugar.

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