Desde el cartel y las primeras escenas Yi dai zong shi
parecería una película de artes marciales tipo Budo pero, para decepción de la
audiencia que esperaba tal cosa merced a las coreografías combativas del famoso
Yuen Woo-ping, no lo es. Y la razón está desde su autor, el reconocido Won Kar
Wai y su historial de obras de arte por mencionar Ah fei zing zyun (Días salvajes,
1990), Chung Hing sam lam (Chunking Express, 1994), Duo luo tian shi (Ángeles
Caídos, 1995), Chun gwong cha sit (Happy Together, 1997) y Fa yeung nin wa (Deseando amar, 2000) por
mencionar las más recordadas. En todas ellas, los temas que más le interesan
como la incomunicación de las personas, su estado de melancolía, el aislamiento
social y la búsqueda del compañero ideal están muy presentes por lo que la
pregunta era: ¿cómo iba a ser tratado eso en “El Gran Maestro”?
Ya Won Kar Wai había demostrado que el género no era un
molde que lo encasillara. Desde Dung che sai duk (Las Cenizas del Tiempo, 1994), su cinta que
se remonta más en el pasado de los espadachines chinos, hasta 2046 (2004) que
se avanza en el futuro al año del título, demostró que la condición humana
prevalece a pesar de las condiciones temporales, así que situarse en la franja
a mitad del siglo XX, durante la ocupación japonesa en China, no sería
inconveniente para desarrollar su personal visión del cine.
Uno de sus actores fetiches, el magistral Tony Chieu Wai
Leung encarnaría al maestro del Kung Fu Wing Chun: Ip Man, un aristócrata que
no tiene nada más que hacer que practicar artes marciales durante los primeros
40 años de su vida, hasta que la intervención japonesa lo arroja dentro del
drama de su pueblo. Pero además Tony Leung le presta una facultad para transmitir
emociones que difícilmente tendría el personaje original: La serenidad
inamovible se puede tornar deseo o nostalgia en la actuación de quien mejor ha
sabido encarnar los personajes de Won Kar Wai.
El contrapunto de mayor peso lo proporciona la aparición de
Ziyi Zhang en su actuación de la trágica Gong Er quien sería el último baluarte
de un estilo de arte marcial condenado a desaparecer por motivo del machismo
imperante en el ambiente de las artes marciales.
La unión de estos 2 caracteres representan una ópera china
(a veces más equiparada a la occidental) y por ello aparecen las tradicionales
representaciones marciales, pero la carga sentimental (ejemplificada en los
funerales del padre de Gong Er y su última despedida de Ip Man en una calle
solitaria) es el principal tema de la cinta, que mezcla contemplación con filosofía
al más puro arte marcialista.
El proyecto duró muchos años en preparación. El
perfeccionismo de Won Kar Wai le imprimió lentitud a la producción. La
fotografía de Philippe Le Sourd (nominada al Oscar junto al diseño de
vestuario) aunada a los valores de producción son dignos de encomio, pero el
punto más frágil de la película radica en su edición: falta de ritmo sin lugar
a dudas puede resultar de lenta a pesada para algunos espectadores. Esto se
acusa en el personaje de “La Navaja” cuyas apariciones no tienen un peso
específico en la película y estorban en la narrativa de la relación de los dos
personajes principales.
Ciertamente no quedará en la memoria de los fans de Won Kar
Wai como una de sus mejores películas (sí una de las mejor logradas visualmente),
pero tampoco caerá en el olvido pues vale la pena revisarla. Y es que, cuando
un artista es de altos vuelos, hasta sus trabajos no logrados son dignos de
aprecio.

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